Entró en un Bracafé cerca de la estación; era de los pocos sitios que no estaban abarrotados y parecía un lugar tranquilo, apartado del bullicio de bares de alrededor llenos de turistas y camareros chinos.

Pidió un café y preguntó si había alguna mesa con un enchufe cerca. “Esa de ahí al lado”, le dijo la chica de la barra. Se sentó, enchufó el móvil a la electricidad, y se puso a mirar mensajes de Whatsapp y Facebook pendientes. La batería de su móvil había muerto, y sin electricidad tenía menos vida que un pez fuera del agua. Repasó los mensajes, hizo algunos comentarios y se puso a recordar…

Todo empezó hacía ya tiempo cuando Guillem creó el grupo en Facebook, aunque con poco éxito de participación en aquel momento. Bastante tiempo después, entre algunos lanzados, y casi sin querer, no sólo habían reactivado el grupo, sino que habían conseguido que se uniera bastante gente. Lo que estaba muerto había resucitado, y las anécdotas y comentarios se sucedían con fluidez, además de irse formando un considerable álbum de fotos aportadas por unos y otros.

Y un día alguien soltó lo de quedar para cenar y reencontrarse después de tanto tiempo. Y aquello empezó a tomar cuerpo, y lo que había sido un comentario con más intención que posibilidades, empezó un camino sin retorno para el reencuentro de excompañeros que en algunos casos llevaban sin verse más de 30 años.

Nadie lo sabía, pero él, que había sido uno de los instigadores de la reunión, había estado a punto de no ir. Vientos desfavorables seguían marcando el rumbo de su economía, y sólo un pequeño golpe de fortuna a última hora cambió esa dinámica, así que “justito”, pero con mucha ilusión, empezó a preparar el viaje a Barcelona. Menudo papelón si no hubiera ido, pensó, a ver cómo hubiera explicado su ausencia

Tuvo algún percance que retrasó su llegada desde el viernes por la tarde hasta el sábado por la mañana, pero eso era ya una anécdota lejana cuando el autocar llegó a la estación y vio a Ramón esperándole. Ramón, ¡joder que ganas de abrazarle y que lenta bajaba la gente! El reencuentro fue fácil y sincero, como lo había sido siempre todo entre ellos dos. Un abrazo de oso, dos besos, otro abrazo de oso, y risas, muchas risas, viendo cómo el tiempo los había cambiado.

Tomaron café en un bar cercano a la estación, se fueron a Vilassar, conoció a Ester y Daniela, dieron una vuelta por el pueblo, se sentaron en una terraza a tomar unas cervezas, comieron y hablaron, hablaron mucho, del pasado pero sobre todo del presente y del futuro. Curioso que ellos hablaran del futuro, no recordaba conversaciones entre ellos hablando del porvenir.

Habían quedado en que Paco iría a buscarlo por la tarde, y claro, llegó otro momento de excitación. Y volvieron los abrazos, los besos y las risas. Por un momento sintió que sufría un agradable colocón de amistad como hacía tiempo no experimentaba. Paco lo llevó a su casa, donde iba a dormir esa noche. Dieron una vuelta por el gigantesco parque de enfrente, hablaron también mucho, posiblemente Paco más que él, volvieron a casa, se ducharon, se cambiaron de ropa y se fueron hacia Barcelona. La hora del reencuentro global había llegado.

Llegó casi de los últimos y se encontró a todos en la puerta, un grupo numeroso de gente hablando entre risas. Fue un momento tremendo, de miradas nerviosas intentando reconocer al de enfrente, o reconociéndolo de inmediato, y de repente se vio envuelto en una vorágine de besos y abrazos que parecía no tener fin. Y no importaba, le gustaba, podía haber estado así mucho tiempo más. Y más abrazos y besos, y más risas. Y un ambiente sano, sin intereses de ningún tipo, sólo un grupo de personas con ganas de verse después de tanto tiempo, y de preguntar y de contar. ¡Nada más y nada menos!

Pasado el torbellino de la rueda de reconocimiento, todos se dispusieron en una larga mesa. Las risas, muchas veces todavía nerviosas, se sucedían sin parar, mezcladas con multitud de conversaciones atropelladas por la excitación del momento. Todos querían saberlo todo de todos, todos preguntaban y respondían sin parar, todos recordaban anécdotas e historias de sus años de convivencia, y todos lo hacían apresuradamente, como con prisa, porque sabían que disponían de poco tiempo para hacerlo. El escándalo de tantas conversaciones y risas a la vez era digno de presenciar, pero ¡qué más daba! Eran un grupo de gente viviendo un momento único, un momento que posiblemente nunca hubieran imaginado.

Él compartió uno de los extremos de la mesa con Alberto, Ramón, José Luis, Conchitina y Paco Infante, pero podría haber estado en cualquier otro punto de esa larga mesa y hubiera disfrutado igual de las conversaciones por derecha e izquierda. ¡Eran tantos con los que tener conversaciones!

A ratos, mientras Infante contaba alguna de las innumerables anécdotas, y aprovechando que tenía una vista panorámica de todo el grupo, los observaba; entonces le parecía que todo el follón de voces bajaba el volumen a cero y los veía como en una película muda. Y disfrutaba viendo a Pep, Paco, José Luis, Esther, Ana, Pili y Loles en animada conversación, seguramente recordando mil anécdotas; y alucinaba con el ímpetu de Marga Fuset, que seguía siendo la mujer de armas tomar que conoció hacía tanto tiempo; y le enternecía ver a Víctor en animada conversación con Montse, pero siempre pendiente de Ceci, la dulce Ceci; y le gustaba ver la complicidad de Marga y Bea… Había pasado mucho tiempo y ellos habían cambiado, pero era bonito comprobar que había cosas que no. Y entonces volvía a su esquina y se encontraba a Dani haciendo un extraordinario ejercicio de memoria con José Luis, recordando nombres mirando unas pequeñas fotos.

Aquello era algo parecido a un desenfreno lo mirara por donde lo mirara, estaba claro que todos querían aprovechar el tiempo al máximo. Se sentía tan a gusto como pocas veces en los últimos años, y quería disfrutar de ese momento, sin hablar, sólo mirándolos, observándolos. Durante el tiempo de aquella cena, en ese lugar, se abrió una puerta a una dimensión de felicidad que los invadió a todos, y él, como los demás, sabía que sólo estaría abierta unas horas.

Comieron, bebieron y rieron, y siguiendo el protocolo preparado, después de los postres se fueron a otro local a tomar unas copas. Y bebieron algo más, y rieron mucho más, y viendo que se les echaba el tiempo encima comenzaron a intercambiar números de teléfono; “estamos en contacto” era la frase más empleada. El tiempo diría si continuaban teniendo un contacto más cercano o sólo se quedarían en buenas intenciones, pero eso no era lo importante, lo importante era que lo habían hecho, que se habían encontrado y que habían pasado unos momentos que recordarían el resto de sus vidas. ¿Se repetiría? Puede que sí o que no, pero ahora lo habían hecho y eso ya se quedaba para siempre.

Ahora, sentado en esa pequeña mesa de mármol mientras veía lo lento que cargaba su jodido móvil, y ante la presencia de la taza de café y la camarera que lo miraba con curiosidad desde la barra mientras él escribía sin parar, se emocionaba al recordar esos momentos y lo plasmaba todo en su pequeña libreta de Jack Daniel para que no se le olvidara nada. Y le sobrevenía un sentimiento agridulce, se sentía bien pensando que siempre se pueden hacer cosas “imposibles”, y se sentía mal por las conversaciones que había dejado pendientes por falta de tiempo. ¡Maldito tiempo!

……………………………….

Y ahora dejadme que le dedique estos pensamientos escritos:

A Marga Borau, por instigadora contumaz y luchar para que algo con muy pocas posibilidades se convirtiera en una realidad.

A Montse Rodríguez, por ser la perfecta organizadora, siempre preocupada por buscarnos el mejor sitio.

A Beatriz Alonso, por mantener intactas esas ganas de preguntar y esa capacidad para escuchar.

A José Luis Cambra y Daniel Albarracín, por ser los “guardianes” de tantos nombres, fechas y acontecimientos.

A Conchitina García y Alberto Turati. Os conocía poco, pero me habéis dejado con ganas de conoceros más.

A Marga Fuset, porque da gusto ver que todavía hay gente que conserva la “fuerza”.

A Ramón Espinosa y Paco Sánchez, mis amigos del alma. ¡Os quiero tanto!

A Juan Enrique Moreno y Miquel Martínez, porque de no habernos dejado, estoy convencido que habrían estado esa noche con nosotros.

Y en especial a Guillem Anckermann, ¡porque contigo empezó todo!

¡Y a todos, coño! Que nadie os obligaba a venir y, además, sin vosotros esto no hubiera sido posible. Para todos, y todas, abrazos y besos desde la distancia. Muchos. Un saco entero.

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