Hace algún tiempo, hablando por teléfono con mi amigo, mi hermano Paco, sobre las vicisitudes cotidianas y las últimas hostias empresariales recibidas por ambos, salió el tema del optimismo. Y los dos coincidimos en lo mismo: el optimismo está sobrevalorado.

El pensamiento positivo como bandera se está convirtiendo en una ficticia manera de ver la vida.

Con la ola invasiva de coachs y similares que nos azotan en estos tiempos por diestra y siniestra, en el mundo online y también en el real, vivir con la sonrisa perenne y el pensamiento positivo como bandera, se está convirtiendo en una ficticia e irreal manera de ver y vivir la vida. Y los dos coincidimos también, ¡cómo nos parecemos!, en que esa práctica era tan perjudicial como la denostada de ser pesimista. Ambos métodos deforman la realidad, uno por exceso y otro por defecto; adivinas cuál en cada caso, ¿verdad?

De nada sirve ser optimista o pesimista si lo que deba suceder no depende de ti.

Yo, que ya he probado ambos métodos, he llegado a la conclusión de que ninguno de los dos funciona. Lo que mi cerebro imagine que va a pasar no tiene porqué pasar (cuánto daño hizo El secreto y su famosa ley de atracción), ni bueno ni malo. Es más, lo que yo piense está basado en mi opinión y experiencia sobre el tema concreto, que seguramente no tendrá nada que ver con lo que crea o piense quien tengo enfrente. Créeme, de nada sirve ser pesimista u optimista si no eres tú quien decide, y aun así siempre habrá factores externos que puedan cambiarlo todo.

Lo de ir por la vida con la sonrisa puesta es harina de otro costal, si no es natural mejor no lo hagas, porque parecerás uno de esos payasos que ves por ahí que lo único que hacen es forzar la situación, y que están deseando quedarse solos para relajar los músculos. Algo parecido a esos tipos que quieren ser graciosos pero no lo son.

El optimismo y el pesimismo nos queman el coco de la misma manera: engañándonos.

El optimismo y el pesimismo nos queman el coco de la misma manera: engañándonos. Las cosas solo pueden salir bien si te las curras mucho, y aún así nunca tendrás todas las garantías.

He aprendido a no hacerme opiniones de nada, es mejor que todo fluya sobre la marcha, y currar, currar mucho. Seamos realistas, vivamos los momentos en su justa medida y sin anticipar conclusiones o resultados, es mucho mejor para los nervios. ¡Y para el pelo!

Y hablando de que todo fluya, esta cerveza está tan buena que fluye por mi garganta como si fuera su casa.

Salud!


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