¡Pare, pare! ¡Le estoy diciendo que pare! – gritó.

La señora sentada junto a él dio un respingo. Todos los pasajeros se giraron a mirarle con la sorpresa en sus caras, callados. El conductor no entendía nada, acababa de arrancar el autobús y estaba esperando que se pusiera verde el semáforo para salir de la estación. ¿Qué le pasaba a ese tipo? ¿Se había dejado algo en el vestíbulo? No preguntó nada, abrió la puerta y vio cómo un posible problema desaparecía.

Saltó corriendo del autobús en dirección al vestíbulo de la estación, tropezando con un grupo de jóvenes que le soltaron algunas lindezas. Al llegar paró de golpe, dirigió su mirada hacia donde la había visto sentada; no estaba. Recorrió rápidamente con la vista al resto de las personas sentadas, tampoco estaba. Miró hacia la derecha, luego hacia la izquierda, escudriñó a cada una de las personas que iban de un lado a otro. No estaba, había desaparecido.

No podía haber ido muy lejos con el cochecito del bebé y las enormes bolsas que tenía junto a ella. ¡A lo mejor alguien le había ayudado!

Salió corriendo otra vez hacia los andenes. Los recorrió mirando a todas las personas que se encontraba, una por una, andén por andén. Cuando llegó al último se dio cuenta. ¡Los autobuses! Y volvió hacia atrás repasando las personas que se veían a través de las ventanillas. Nada, no estaba.

Volvió al vestíbulo. A lo mejor había ido al baño. Esperó un rato, nada. Vio que del baño de señoras salió una empleada de limpieza y le preguntó, pero le contestó que en el baño no había nadie.

¡Dónde narices se había metido! Tenía que preguntarle qué le pasaba, o al menos si podía ayudarla. Se había ido sin preguntárselo cuando tuvo la oportunidad y ahora era algo que le martilleaba sin compasión. ¡Pero por qué no hacía las cosas cuando tenía que hacerlas! ¿Por qué tenía que pensar tanto antes de tomar una decisión?

Sintió una punzada muy dolorosa en el pie derecho, pensó que le habría salido una ampolla. Le dolían los pies, le dolían mucho los pies. Sacó las monedas que llevaba en su bolsillo y las contó, 90 céntimos, los mismos que cuando salió de casa. Se sentó en el asiento que tenía justo al lado, casualmente el mismo donde había estado sentado hacía unos minutos. Y empezó a recordar.

Había bajado andando hasta Almería desde su casa, y eso eran más o menos doce kilómetros. Nunca le había molestado que la bota derecha estuviera un poco rota por dentro, pero ahora, después de la caminata, se daba cuenta de que no se podía andar mucho rato con ella sin que acabara haciéndole una ampolla.

Había quedado con un par de amigos, buenos amigos, que le habían prestado dinero. Había quedado con ellos para decirles que no podía devolvérselo todavía, aunque cuando se lo prestaron les había prometido que lo haría esa semana. Fueron dos conversaciones difíciles porque sabía que les hacía falta, pero de verdad que no podía devolverlo, nada había salido en el último mes, en los últimos meses, como él esperaba.

Llegó a la estación muy pronto, faltaba más de una hora para que saliera el autobús hacia su pueblo. Pasó por la puerta de la cafetería y vio en el televisor que Rajoy estaba dando una rueda de prensa. Le llamó la atención, hacía tiempo que no lo hacía, se notaba que las elecciones estaban cerca. Se acercó un poco para oír lo que decía; nada nuevo, hablaba de lo bien que lo había hecho su gobierno y de lo bien que iba la economía. Sonrió con amargura. Ahí estaba él, que a sus 56 años hacía ya tres que no llevaba un ingreso a casa, con los pies molidos después de andar más de dos horas para ahorrarse el coste del autobús, y que no se tomaba un café porque no le llegaba el dinero que llevaba en el bolsillo.

Pasaron por su cabeza recuerdos de aquellos momentos en los que el dinero no era un problema, y recordó lo tranquilo que se podía llegar a vivir con un sueldo de 1.800 euros y los beneficios de una venta. Recordó cuando se compró por primera vez en su vida el coche que quería, y no el que podía; cuando los fines de semana se iba con su mujer y su hijo a descubrir sitios nuevos, cuando no era problema hacer una buena compra semanal. No era un tipo de grandes necesidades, y estaba seguro de que el dinero no daba la felicidad, pero también estaba seguro de que la acercaba considerablemente. Sobre todo ahora que sabía que lo importante no era darse un capricho, sino no tener el frigorífico vacío.

Dejó esos pensamientos que le hacían deprimirse y volvió al vestíbulo. Se sentó y comenzó a observar a la gente que andaba por allí. Un grupo de estudiantes gastándose bromas despreocupadamente, un matrimonio mayor sentado enfrente de ellos con cara de pocos amigos, varias personas solas desperdigadas por los asientos ocupadas leyendo o con sus móviles, dos chicas inglesas con sus mochilas, una chica con un cochecito de bebé y varias bolsas que parecían estar llenas de ropa.

Le llamó la atención aquella chica, parecía muy joven. Era rubia, delgada, de ojos claros, muy pálida, con el pelo recogido. Parecía de algún país del este de Europa. Estaba sola, y se preguntó cómo se podía mover con el cochecito y aquellas enormes bolsas. Debía estar acompañada por alguien, seguro. Empezó a recorrer visualmente el vestíbulo buscando a su posible acompañante.

Estaba en esa tarea cuando su mirada se cruzó con la de ella. Fue un momento, pero sintió una punzada por dentro. ¡Que mirada tan triste! No había visto nunca unos ojos tan llenos de tristeza. Se quedó clavado mirándola, hipnotizado, intentando vislumbrar algo en esos ojos tan tristes.

De repente se dio cuenta de que ella también le estaba mirando y giró la cara avergonzado. Llevó su vista a distintos lugares para disimular, como si estuviera distraído, esperó unos instantes y volvió a mirarla. Era como un imán, esa mirada tan triste le había dejado tocado. ¡Mierda! Ella le seguía mirando. Había sido demasiado descarado y le había pillado. ¿Qué hacía ahora? No podía evitar mirarla, pero tampoco quería que ella se sintiera incómoda.

¡Un momento! ¿De verdad le estaba mirando o tenía la mirada perdida? Dejó a un lado la vergüenza y volvió a dirigir sus ojos a los de ella. Efectivamente, no le miraba a él, ni a nadie; no miraba a ningún sitio. Fuera lo que fuese en lo que estaba pensando la tenía completamente ensimismada. Y triste, muy triste. Mientras más la miraba, más sentía que algo se le removía por dentro.

Sin saber por qué, empezó a preocuparse. Volvió a recorrer el vestíbulo buscando al acompañante de aquella chica. Alguien tenía que estar con ella, ayudándola con todo ese cargamento. Y ayudándola con lo que fuera que le pasara. Pero no veía a nadie que se le acercara. ¿Estaría sola de verdad?

El tiempo se había vuelto algo secundario, su mente estaba ocupada en buscar un motivo para tanta tristeza. Era evidente que algo muy gordo tenía que pasarle, pero no tenía ni idea de qué podía ser. Un desahucio, sí, podía ser, por eso llevaba esas bolsas tan abultadas con ropa; o puede que sus padres la hubieran echado de casa por tener el bebé; o peor aún, estaba escapando de algún cabrón que le hacía la vida imposible o que le pegaba. Todas esas cosas podían ser, pero a saber cuál de ellas.

Pensó que tenía gracia que se estuviera comiendo el coco haciendo suposiciones sobre qué le podía estar sucediendo a esa chica, en vez de estar pensando en los líos que él tenía encima. Bueno, pensaba en ellos constantemente, y estaba haciendo todo lo posible por solucionarlos; además, él tenía a su mujer y su hijo, ellos siempre estaban ahí para hacer de muletas si era necesario.

Sonó la megafonía anunciando la salida de su autobús. ¡Cómo había pasado de rápido el tiempo! Se levantó y el pie le dio una punzada de recordatorio. Pensó que no tenía nada que hacer allí, que esa chica era joven, que tenía todo por hacer, que seguro que superaba lo que fuese. Se convenció de todo eso y se fue hacia el andén mirándola por última vez. Estaba diciéndole algo al bebe. Ahora ya no le parecía tan triste.

Subió al autobús, pasó el abono y se sentó en uno de los primeros asientos. Todavía iba pensando en ella. Empezaba a invadirle una sensación de desasosiego. ¿Y si necesita ayuda y todos estamos pasando de ella como si no existiera? Por lo menos podía habérselo preguntado. El autobús arrancó, pero él ya había tomado la decisión de no irse sin preguntar a esa chica si podía ayudarla.

Ahora, sentado otra vez en el vestíbulo, se preguntaba qué estaba haciendo. O mejor dicho, qué había estado haciendo. ¡Estaba buscando a una mujer que no conocía de nada! ¿Y por qué? ¿Porque le había visto una mirada muy triste? Vete a saber por qué tenía esa mirada. Además, podía ser que su imaginación le estuviera jugando una mala pasada, era muy dado a imaginar cosas sobre los demás. Sea como fuere, había desaparecido. La había buscado por todas partes y había desaparecido. Poco más podía hacer. Por un momento había pensado que podía ayudarla, o al menos que podía haberlo intentado, pero una vez más había llegado tarde a donde nunca pasa nada. Otra cosa más que podía haber hecho y no hizo.

Miró los horarios de autobuses. Faltaban dos horas para el próximo, así que intentó acomodarse lo mejor que pudo en ese incómodo asiento. Las tripas le hacían ruido, no había desayunado, y lo peor es que no estaría en casa hasta dentro de tres horas. Decidió salir a dar una vuelta, pero al levantarse el pie derecho le recordó que mejor volviera a sentarse, así que optó por empezar a repasar a la gente de la estación. Eso al menos le distraía.

…………………………..

A pocos metros de allí, en el parque de al lado, un niño lloraba desconsolado en su cochecito. Su madre, sentada en un banco y dejada caer sobre unas bolsas llenas ropa, inmóvil, no le prestaba atención. Ya no podía prestarle atención.

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