Se despertó unos minutos antes de que sonara el despertador. Últimamente, no sabía bien por qué, le pasaba a menudo. “Eso son cosas de viejo”, le decía ella con sorna, y algo de razón tenía, porque siempre había sido muy dormilón.

Cogió el teléfono de la mesita de noche para tenerlo a mano cuando sonara la alarma y se giró hacia su lado derecho. Y ahí estaba, dormida, respirando suavemente con sus labios entreabiertos. Esos morritos que le habían vuelto loco hacía ya más de un cuarto de siglo. ¡Estaba tan bonita!

Puso la mano sobre su hombro y acarició su brazo, y sintió esa especie de cosquilleo eléctrico que le recorría el cuerpo cada vez que la acariciaba. Le encantaba acariciarla, el contacto con su piel se había convertido en la recarga que necesitaba cada cierto tiempo, y como si fuera la batería de un viejo móvil, cada vez necesitaba las recargas más a menudo.

Ella era su refugio, su hogar, el lugar donde quería volver siempre, donde los problemas desaparecían, y si no lo hacían al menos se suavizaban. Ella era su electricidad, su gasolina, su fuente de energía, lo que le hacía mantenerse en pie a pesar de las hostias que la vida, el destino, o lo que coño fuera, no paraba de darle en los últimos años. Ella era una parte tan importante de él, que era trascendental, más valiosa que él mismo. A veces, sin saber por qué, le recorría un escalofrío pensando en la posibilidad de que algún día pudiera perderla; de que lo dejara harta de tantas estrecheces y sinsabores.

Allí, tumbado en la cama, mirándola, los recuerdos y los pensamientos se agolpaban en su cabeza desordenados, empujándose unos a otros. Y sentía y pensaba cosas que no le confesaba, unas veces porque lo cotidiano se imponía, otras por no sabía bien qué.

Recordaba cuando la conoció en la planta 16 de aquella compañía de seguros: él acababa de incorporarse a la empresa y le estaban presentando a todos los componentes del departamento. Despistado como siempre había sido para los nombres, se le iban olvidando a medida que le iban presentando a la siguiente persona, pero cuando Quim le dijo “y esta es Mercè”, y vio su cara, supo que ese nombre no se le iba a olvidar nunca. Cerraba los ojos y veía aquella imagen que lo dejó paralizado: pelo largo oscuro, gafas grandes, ojos pequeños, labios rojos, muy rojos. Si ya antes tenía dificultades para recordar los nombres, después ya fue imposible. Sólo había un nombre en su cabeza: Mercè.

Recordaba las decisiones que tuvo que tomar, y las peripecias que tuvo que hacer para localizar su teléfono y quedar con ella en aquellos tiempos en los que San Google todavía no existía, y la única fuente era aquel tocho enorme de la guía telefónica. ¡Las decenas de páginas que tuvo que pasar hasta encontrarla perdida entre aquellos miles de apellidos todos iguales! Pero al final lo consiguió, y la llamó, y dijo que sí.

Recordaba muchísimos buenos momentos, la verdad es que a pesar de todo tenía muchos buenos momentos junto a ella de los que acordarse. También recordaba otros no tan buenos, pero esos mejor olvidarlos, al fin y al cabo sólo servían para causar dolor; mejor archivarlos en algún rincón.

Pensaba, él siempre tan crítico consigo mismo, que en su afán emprendedor, esa palabra tan de moda últimamente y que tanto odiaba, la había arrastrado a una vida tipo montaña rusa, llena de subidas y bajadas en función de cómo fueran sus negocios. Negocios que nunca hubiera puesto en marcha sin la aprobación de ella, pero que siempre pensaba que ella le diría que sí a cualquier cosa, quizá porque lo tenía sobrevalorado, quizá porque lo quería demasiado, quizá por ambas cosas.

Pensaba en decisiones tomadas y no acertadas, en consecuencias no deseadas, en pensamientos mal expresados, en palabras desafortunadas, en lo rápido que pasaba el tiempo sin posibilidad de recuperarlo, en que no se puede volver atrás para rectificar… Qué pena, ¡si uno pudiera volver atrás y arreglar los desastres cometidos, o al menos alguno! Pensaba que pensar en eso poco solucionaba, pero no podía evitarlo, era su forma de ser.

Sentía que todavía tenía mucho que hacer a pesar de que los años transcurrían cada vez más rápidos, y que la vida que le quedaba era mucho más corta que la vivida. Se sentía culpable por tantos momentos de sinsabores, quizá por eso pensaba tanto en el futuro, ese futuro que entre los dos estaban labrando como si tuvieran treinta años menos y con la paciencia que años atrás no habían tenido.

Lo mejor estaba por llegar, seguro. Algo en su interior le había hecho recuperar la fuerza que había perdido a base de golpes, y como si de un viejo boxeador se tratase se guiaba por la frase de Rocky Balboa: “Nada acaba hasta que tú sientes que acaba”. Y él sabía que todavía no se había acabado, que todavía le quedaba mucho, y bueno, por hacer. Sentía que todavía tenía mucho que darle a ella, recompensarla por todos los momentos duros, agradecerle con hechos todo lo que había aguantado, colmarla de todo, pero sobre todo de gratitud y amor, ese amor que alguna vez estuvo a punto de saltar por la ventana, como en la canción de Los Burros. Sentía que había llegado el momento, que todo estaba empezando a encajar y que ésta era la buena.

Le gustaba mirarla, siempre le había gustado, y allí dormida era el momento ideal para hacerlo. Se le hacía difícil explicar, explicarse a sí mismo, lo que sentía por ella. ¿Era enamoramiento? No, eso pasó hacía tiempo, ahora era algo diferente, pero curiosamente lo notaba más intenso, más real. Era la sensación de que ella era parte de él, y si ella no estaba era como si le faltara una parte de su cuerpo y de su mente; si ella no estaba se le hacía difícil hasta pensar. Curiosamente, el tiempo, al contrario de lo previsible, le había hecho ser cada vez más dependiente de ella.

Se pegó completamente a ella, adaptándose a la posición que tenía, y comenzó a acariciarle el hombro, el brazo, las caderas, los muslos, el estómago, los pechos… Ella murmuró algo en sueños, le cogió la mano y la apretó contra su pecho. Qué curioso, pensó, uno puede estar buscando la felicidad en muchos lugares y con muchas cosas, ¡y la felicidad es esto!

“Buenos días, son las siete y…”. ¡Joder!, musitó, y silenció rápidamente el despertador. Ella se había dado la vuelta al oírlo, pero seguía dormida. Se movió con cuidado y se sentó en la cama, se estiró un poco, se incorporó y, antes de salir de la habitación, se giró para volver a mirarla. Sonrió.

Comenzaba un nuevo día. No iba a ser un buen día, lo sabía, pero también sabía que cuando acabara volvería a estar junto a ella, y que habría otra mañana para volver a mirarla, para acariciarla y para recargarse. Esto de ser como una vieja batería tenía su puntito.

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