“Si quieres saber quién es Juanillo, dale un carguillo”. Recuerdo oírselo a mi madre más de una vez, y es uno de esos refranes cargados de sabiduría. Nada mejor para comprobar cómo es en realidad una persona, que darle un poco de poder.

No tiene que ser un poder absoluto ni demasiado grande, basta con que tenga una determinada autoridad sobre otras personas y, por arte de magia, surge la transformación. Y me da que la mayoría de las veces el transformado no se da ni cuenta. O eso creo.

Seguro que más de una vez has visto a un jefe de taller tratar como un déspota a los mecánicos, o a un jefe de barra abroncando a un camarero delante de los clientes, o al director de tu sucursal bancaria perdonándote la vida cuando has ido a pedir un préstamo, o a ese seleccionador de personal que se cree un dios decidiendo sobre tu futuro. Ejemplos hay muchos, a poco que pienses encontrarás varios.

Yo he tenido varios ejemplos en mi vida, tanto en un lado como en otro. Sí, no te sorprendas, yo también he sido muy cabrón. Quiero pensar que he aprendido a no serlo.

Nadie tiene derecho a hablarle de mala manera a un subordinado.

Nadie tiene derecho a hablarle de mala manera a un subordinado, por grande que sea el desastre organizado. A mí alguna vez empezaron a gritarme, pero no lo permití, me pareció que era algo que no estaba bien y respondí. Sin embargo muchos años después yo lo he hecho, he gritado a un subordinado y he gritado a un empleado. Puedo justificarme diciendo que los nervios me traicionaron, o que el primero era muy torpe y el segundo me engañó, pero no era necesario hablarles como les hablé. ¿He aprendido la lección? No sé, espero que sí, pero sólo lo sabré cuando vuelva a estar en esa situación.

También sé lo que es la soberbia de sentirte “importante” porque vienen a ti a venderte. Lo descubrí cuando era yo el que iba a vender. Esta lección fue amarga, pero creo que la aprendí. Creo.

Lo que quiero decirte con todo esto es que no hay nada mejor en la vida para darte cuenta de tu actitud, que tener que pasar por los dos lados. El que grita y el que es gritado, el que vende y el que compra, dios y mortal. Claro, que para eso tienes que tener la capacidad de analizar tus actos, y eso no todo el mundo lo tiene.

El poder saca lo peor de las personas.

Yo creo que esto es una de esas cosas inherentes al ser humano. El poder, igual que ponernos al volante, saca lo peor de nosotros. Algunos, con el tiempo, nos damos cuenta. Otra cosa es que aprendamos.

Por cierto, habrá que sacar otras cervezas, que éstas ya están vacías. 

Salud!


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