No sé muy bien cuándo vino, ni siquiera recuerdo por qué motivo. Quizá fue cuando rompí con aquella primera novia, o puede que cuando sin motivo aparente dejé de ver a aquel amigo, o aquella vez que… Lo que sí sé es que me lleva acompañando una buena parte de mi vida, una gran parte diría yo. 

Al principio recuerdo que era sólo un rumor casi inapreciable, una especie de zumbido que sonaba dentro de mí y me recordaba algo que me preocupaba o de lo que no estaba muy orgulloso. Pero tan rápido como venía, se iba, y desaparecía días o semanas; puede que meses.

Poco a poco sus visitas fueron más asiduas y notorias, y como un buen ocupa, sin que me diera cuenta, se apropió de una parte de mi cabeza y se quedó a vivir en ella sin importarle cómo ni cuánto me molestaba. Y ahí lo tengo, no hay ley ni juez que lo eche.  

No fue fácil la convivencia, sobre todo en los primeros años. ¿Sabes cuando te toca un vecino molesto y no puedes hacer nada más que sufrirlo? Pero había venido para quedarse y yo poco podía hacer, salvo aprender a convivir con él, aunque eso me costó averiguarlo más de lo que me hubiera gustado. 

Ruido mentiroso, ruido entrometido, ruido escandaloso, silencioso ruido.  

Ruido, de Joaquín Sabina

Con el tiempo se hizo fuerte, muy fuerte; nada delicado, arrogante en algunos momento, cruel en otros, inoportuno y certero siempre en los momentos más jodidos. Y cuando llegaron los malos tiempos se volvió omnipresente, me manejaba a su antojo como un pelele. Irremediablemente me había convertido en su esclavo. 

Eran demasiados momentos desagradables en mi memoria: demasiados lamentos, demasiadas equivocaciones, demasiados arrepentimientos, demasiadas culpas, demasiados ¿y si…? Y el ruido que había empezado siendo sólo un rumor, ahora era ensordecedor.  

Durante mucho, mucho tiempo, el ruido atronador retumbó en mi cabeza y no me dejó pensar con claridad; bueno, simplemente no me dejó pensar. Nadie más que yo podía escucharlo, pero me tenía atenazado y me convirtió en un muñeco sin capacidad de análisis o iniciativa. Como un líquido corrosivo se extendió por mi mente y la ocupó en su totalidad. 

Tampoco sé muy bien cuándo me di cuenta, el caso es que un día, desesperado, tuve una especie de revelación y supe que el responsable del ruido era yo, que el inquilino molesto en mi cabeza era yo. Y claro, yo no podía echarme a mí mismo, pero sí podía aprender a aceptarme. Porque como me dijo una vez un buen amigo, para estar bien con los demás primero tenía que estar bien conmigo. 

Y así fue como el ruido se apaciguó, y dejó de ser insoportable para convertirse en tolerable. Y dejó de ser un vecino molesto para convertirse en un vecino soportable. Porque igual que mi físico había ido sufriendo los desgastes del tiempo, mi mente los había ido sufriendo de mis experiencias. Y eso era, es, inexorable. 

Ahora mi ruido y yo nos conocemos bien, nos soportamos y nos aceptamos. No es que seamos colegas, pero algunas veces, incluso, nos tomamos una cerveza. O varias… 

Nota: Publicado inicialmente el 14 de octubre de 2018 en https://emocionesenlaweb.es/psicologia/silencioso-ruido/

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