Cada viernes, al salir del trabajo, hastiado de su jefe, de los clientes que bebían de más y se volvían unos pesados, y de sus jornadas de más de diez horas, se paraba a fumar un cigarrillo en la puerta de ese bar que odiaba con toda su alma. Mientras apuraba ese cigarrillo se preguntaba por qué seguía trabajando para ese tirano que le obligaba a hacer horas extras sin pagárselas, y poco a poco se iba convenciendo de que tenía que buscar otro trabajo.
Ya más tranquilo se sentaba cansado y con desgana en su vieja vespa y se dirigía como un autómata hacia su casa. Necesitaba descansar, pero sobre todo, necesitaba huir de aquel sitio y relajarse; quizá incluso hablar con alguien, pero los dos amigos que había llamado tenían planes familiares.
Como cada viernes, acortaba el trayecto cruzando por las calles de un viejo polígono, sin actividad a esas horas. Y como cada viernes, allí estaban ellos, en la puerta de aquel club o lo que fuera, con sus motos aparcadas en la puerta y sus chalecos todos iguales, bebiendo cerveza y riendo como si con ellos no fuera nada, como si nada les importara. Y como cada viernes, cruzaba la mirada con alguno de ellos y notaba cómo le devolvía la mirada y sonreía al verle pasar.
Lo tenía claro, esa gente no era de fiar, no había más que verlos. ¡Y encima la sonrisita condescendiente de alguno de ellos! ¿Acaso se sentían superiores a él? ¡Pero si parecían los componentes de una secta peligrosa! Eran mala gente, seguro, ya lo había visto varias veces en la televisión, las películas y las series no podían equivocarse. ¡Y esas pintas! Esa gente no sabía lo que era trabajar ocho o más horas al día, ¡a saber en qué andaban metidos para vivir tan alegremente!
Tan ensimismado iba en esos pensamientos, que no se percató de una zanja mal señalizada en medio de la calle a medio iluminar. El golpe fue seco y doloroso, de poco le sirvieron sus guantes desgastados y el casco jet que le había cedido un vecino. Aturdido y nervioso no atinaba a levantarse, se miró el brazo izquierdo ensangrentado y notó que se mareaba. De pronto unos brazos le agarraron y todo se volvió oscuro.
Recuperó el conocimiento, estaba tumbado dentro de un sitio que parecía un bar y rodeado de caras desconocidas. Se sobresaltó al ver que eran ellos y quiso incorporarse bruscamente, pero los brazos de un gigantón le aguantaron mientras le decía que se tranquilizase.
Nervioso, no podía creer lo que estaba pasando: ¡le estaban curando las heridas y su vespa estaba allí dentro al lado de otras motos! Le ayudaron a sentarse y le preguntaron si quería beber algo, respondió que una cerveza y todos soltaron una sonora carcajada.
Mientras bebía su cerveza, le costaba asimilar lo que estaba sucediendo. ¡Esos tipos le habían llevado a su local, le habían curado y habían recogido su vespa! Le costaba creerlo, y todavía no se fiaba de lo que sucedía.
Poco a poco se fue relajando, quizás con la segunda cerveza, y fue entablando conversación con ellos. Eran amables con él y se interesaban por sus heridas, mientras uno de ellos parecía que estaba haciendo algo en su moto. No te preocupes, le dijo al ver que lo miraba, te estoy enderezando la maneta del embrague.
Con la tercera cerveza se descubrió hablando con ellos de su trabajo y sintió que estaba relajado, incluso el brazo le dolía menos. No quiso quedarse más tiempo, posiblemente habían pasado un par de horas, sacó su moto del local y todos le despidieron como si le conocieran desde hacía tiempo.
Al viernes siguiente del suceso, se paró a saludarlos y tomar una cerveza. Todos le saludaban, se alegraban de verle y se interesaban por su herida. Y sin pretenderlo, pararse a echar un rato con ellos se convirtió en una rutina de los viernes después del trabajo.
Poco a poco los fue conociendo uno a uno, y descubrió una gente y un mundo que sus prejuicios no le habían dejado ver. Descubrió personas de todo tipo y condición, cada uno con sus trabajos y sus ideas, pero unidos por unos principios: honor, lealtad y respeto. Gente que se rige por unos códigos que para otros pueden ser demasiado estrictos, pero que para ellos son fundamentales y los aceptan con todas sus consecuencias. Y descubrió que esa gente que “no eran de fiar” era la gente más de fiar que nunca había conocido.
Eso fue hace tres años. Hoy celebra orgulloso ser uno de ellos, y sonríe divertido al ver las caras de los que, como él antaño, miran desconfiados con los ojos de los prejuicios a esa gente que, como él, “no es de fiar”.
Buen relato Juan!!
Cierto como la vida misma
Biografía de cualquiera de nosotros… Aunque fuera la tuya. Pero aun así nos hará reflexionar a más de uno de qué nos une más que nos separa. Sea como fuere… Genial. LOVE & RESPECT.