Lo vieron bajar de su espectacular todoterreno con aire seguro. Su aspecto era el de un auténtico triunfador: impecable traje marrón con finas rayas violeta, camisa clara combinada perfectamente con corbata estrecha tipo años sesenta, botines y cinturón a juego, llamativo reloj, gafas de sol y reluciente pendiente en su oreja derecha.
Con su cartera de cuero colgada al hombro, entró en el edificio de oficinas, se presentó en recepción y se dirigió a la sala donde le dijeron que esperara. Dejó la cartera en uno de los sillones y, con las manos en los bolsillos, comenzó a caminar lentamente por la sala con aire de autoridad.
Enseguida vinieron a buscarle y le llevaron a una sala de reuniones donde varias personas le esperaban. Se presentó uno por uno con un firme apretón de manos y una sonrisa correcta, sin aspavientos, y con una seguridad aplastante sacó el ordenador portátil y lo conectó a la pantalla colgada de la pared. Volvió unos instantes la mirada a los ejecutivos sentados en la mesa, se dio cuenta de que los tenía entregados, expectantes, y comenzó su exposición.
Estaba haciendo algo que se le daba bien, muy bien. Le gustaba explicar sus servicios, él los llamaba productos, ante cualquier auditorio. Le gustaba porque disfrutaba haciéndolo, porque creía tanto en ellos, en sus criaturas, que se sentía cómodo vendiéndolos. En ese momento eran su público y él, el resto del mundo no existía, ni sus problemas tampoco.
Su exposición duró aproximadamente 20 minutos, tiempo que por experiencia sabía que no tenía que sobrepasar para no cansar a su audiencia. Durante ese tiempo se cuidó de procurar mantener la atención de los presentes con las precisas pausas, preguntas retóricas y cambios de ritmo y de tono, enfatizando allí donde le interesaba más. Todo estudiado hasta el más mínimo detalle y aprendido durante mucho tiempo de lectura y experiencia.
Al acabar, los pocos que no habían quedado ensimismados le sometieron a una batería de preguntas que respondió con convencimiento y rotundidad. Sabía cómo tratar a esos tipos: siendo un poco más agresivo que ellos, pero lo justo para no incomodarlos. Recibió felicitaciones y gracias, y se despidió uno por uno con la misma seguridad y simpatía comedida y estudiada que en su presentación, a la espera de que en unos días le dieran una respuesta.
Salió del edificio de oficinas, se dirigió a su coche, y lentamente, con la seguridad de que lo estaban mirando desde las ventanas, se quitó la chaqueta, la dobló cuidadosamente y la acomodó con cuidado en el asiento de atrás junto a la cartera, se subió, se puso las gafas de sol, arrancó y salió de la vista de todos como lo que era, un triunfador.
A dos manzanas de allí vio un hueco junto a una cafetería, aparcó presuroso, bajó del coche, se aflojó la corbata y desabrochó el botón del cuello de la camisa. Se sentó en una mesa libre de la terraza e intentó calmar su acelerada respiración.
Justo a su lado había una pareja gay fumando, les pidió un cigarrillo y uno de ellos con una amplia sonrisa se lo dio y lo encendió; el pendiente en la oreja derecha, pensó, todavía funcionaba. Vino un amable camarero, le pidió un tercio de cerveza y cerró los ojos mientras daba una larga calada al cigarrillo, al abrirlos vio que la pareja gay le sonreía, les devolvió la sonrisa amablemente y dio un amplio trago a la cerveza que acababa de traerle el camarero.
Empezaba a recuperar la respiración normal, los músculos comenzaban a relajarse, quizá ayudados por el ligero mareo que le había provocado el cigarrillo rubio después de varios días sin fumar, y la realidad, apartada durante media hora de su cabeza, se imponía.
La realidad, tozuda como nunca. Esa realidad que le había hecho afrontar un desahucio hacía sólo unos meses, esa realidad que le tenía el coche embargado, esa realidad que le había quitado los pocos clientes que tenía víctimas de negocios venidos a menos, esa realidad que le había tenido varios días sin electricidad por no poder pagar el recibo a tiempo, esa realidad que le preguntaba si sabía cuánto costaba la cerveza que estaba tomándose, porque sólo llevaba encima dos euros.
La pareja gay se levantó y le saludaron despidiéndose. Uno de ellos se volvió y sonriéndole le dio otro cigarrillo. Le devolvió amablemente la sonrisa.
Sabía que la imagen lo era todo, que si le notaban algún signo de debilidad estaba perdido, que si sabían que estaba bien jodido de dinero estaba perdido, que si sabían que estaba desesperado estaba jodido, porque los “humanos” somos así, nos gusta hacer carnaza, leña del árbol caído.
Tanta penuria le hacía replantearse muchas cosas, pero hacerlo era como dar vueltas en una rueda sin fin. Se había reinventado, y por fin había tomado la iniciativa, eso era lo importante.
Salió el camarero y con la boca apretada le pidió la cuenta. Está pagado, le contestó, y pensó en la pareja que se acababa de ir.
Pidió fuego al camarero y mientras daba una larga calada sonrió plácidamente. Las cosas iban a cambiar, tenían que ir bien, ¡iban a ir bien!
Crudo, reflexivo y… real. La forma ejemplar de verte reflejado, porque todos hemos atravesado tormentas y hemos salido navegando con más o menos trapo, pero siempre navegando.
Me ha encantado, hermano.