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Casilla de salida

«No tengo ni puta idea de lo que voy a hacer, pero tengo que hacer algo» se repitió una y otra vez mientras se secaba al salir de la ducha y el vaho del espejo iba desvaneciéndose.

No lo podía remediar, cada vez le costaba más reconocerse; su imagen no era, ni mucho menos, la de hacía tres o cuatro años. ¡Cómo le gustaba entonces que le dijeran que no aparentaba tener sesenta y tantos! Ahora, sin embargo, tenía la sensación de que era al revés, se veía demacrado, viejo; una visión que le resultaba extraña, incluso ajena, y que no sólo no le gustaba, también le molestaba. 

Se miraba en el espejo y era como si viera a otra persona. Veía a su tío Pablo, aquel hombre delgado con los ojos hundidos; a veces veía a su padre en sus últimos años, cuando se quedó tan delgado; pero no se veía a él mismo, no era esa la imagen que tenía de sí mismo. Y no era de extrañar, su aspecto había envejecido mucho en poco tiempo, estaba claro que ese tiempo de vacas flacas había hecho mella en su físico.

No sabía qué le pesaba más. Puede que saberse con esa edad y no ver un futuro cierto cuando ya estaba en el tiempo de descuento. Puede que sentirse culpable de haberse arrastrado, a él y a su familia, a esa situación. Puede que ver cómo en el último año no había sido capaz de salir del pozo, sino todo lo contrario, hundirse más.

¿Cómo había podido llegar a esa situación? ¿Cómo se había permitido llegar a esa situación? ¿Cómo se puede ser tan tonto? Se lo preguntaba una y otra vez y sólo encontraba una respuesta: ser consecuente con uno mismo no era una solución válida, había que tragar. El problema es que a él le costaba tragar, se le hacía bola tragar, y eso tenía consecuencias.

Tener la conciencia tranquila no tiene precio, pero hay veces en las que eso te puede perjudicar. Como en el juego de la oca, había hecho una mala jugada y había vuelto a la casilla de salida.

Salió del cuarto de baño, cruzó el pequeño salón, y ya en la cocina se dispuso a hacerse una tostada de tomate con aceite. Era el desayuno de cada día desde que los vecinos les tenían bien surtidos de tomates. Al abrir el frigorífico se quedó mirando unas latas de cerveza, esas de marca blanca que ahora bebía si las cosas no iban del todo mal y de las que en otros tiempos echó pestes cientos de veces; no podía evitar recordarlo cada vez que cogía una.

Mientras preparaba la tostada, se hundió en sus pensamientos y empezó a revisar sus últimos años: con un salario fijo y unas comisiones aceptables se podía vivir sin sorpresas, incluso empezando a pagar deudas atrasadas. Pero ese día, ese fatídico día, y su controvertida decisión, lo habían echado todo al traste.

Le hacía gracia pensar en la frase “no tengo un puto duro”, esa que se emplea cuando quieres decir que estás jodido de pasta, pero es raro pensar que cuando la dices no tienes literalmente “un puto duro”. Ni un euro, ni un céntimo, nada. Descubrirte por la calle, sabiendo que el señor que está pidiendo en la puerta del Mercadona tiene más pasta que tú, tiene un punto tragicómico difícil de digerir. Y lo aceptas, y tiras para adelante.

Había aprendido, por las malas, que lo importante era que no faltara comida en la mesa, que sus perros pudieran comer su pienso todos los días, que se puede vivir sin coche, en una casa más pequeña… Había aprendido que siempre se puede caer más bajo, que los desastres también le pueden pasar a uno, había aprendido a aceptar la derrota. Y asumirla.

Recapacitó. Empezaba una nueva época después de meses aletargado, y algo en su interior le decía que podía remontar, que había sido un año tan nefasto que tenía que sacar conclusiones; y allí, sentado en la cocina, a solas, era un buen sitio.

Ese largo año le había ido transformando, y casi sin pretenderlo, había descubierto lo que era la resiliencia; y había ido aconteciendo en él una especie de transformación, o más bien una vuelta a sus orígenes, en la que las ideas y las ganas estaban de regreso.

Estaba en una especie de estado de excitación latente, raramente calmada si es que la excitación puede ser calmada, impaciente porque empezara el día, la semana, el mes. Todo había coincidido así por pura casualidad y tenía su punto curioso.

Se puso la chaqueta y salió a la calle con las primeras luces del día. El viento, tan habitual en esa zona, era frío, más frío que de costumbre. Un día más a buscarse la vida. Un día más a resolver cómo comer hoy y cómo comer en el futuro, sus dos objetivos. Había vuelto a empezar mal, muy mal, pero ahora se sentía mucho más fuerte. Tocaba remontar otra vez, pero ¿qué es una raya más para un tigre? Sentía que estaba gestionando el inicio de una nueva vida. Aunque, si era sincero consigo mismo, eso lo había pensado otras veces ya.

Mientras caminaba, se dio cuenta del silencio que le envolvía; era mágico, sólo oía sus propios pasos. Siguió caminando y, entre sonrisas, recordó las estrofas de aquella canción.

Y caminando iba pensando que ganar 
siempre es tentar a la otra cara de la suerte 
y que por eso te hacen daño los huesos 
cuando golpeas fuerte. 
Y sintió la alegría del olvido 
y al andar descubrió la maravilla 
del sonido de sus propios pasos 
en la gravilla.

1 comentario en «Casilla de salida»

  1. MANUEL JESUS RODRIGUEZ SERRANO

    Desde que lo tengo en mis manos no he sido capaz de hacerle tiempo. Desvelado hoy… Es el momento.
    Tienes la capacidad de llegar sin necesidad de ser rimbombante en tus palabras. Conectas con un drama generalizado desde un punto de vista autobiográfico que lo hace, además, más sensiblemente atractivo.
    Mordaz, real, crudo.

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